24 mayo 2020

Memorias de Jean de Chimay (1890-1968)

Miércoles 15 julio 2020 · 10 rue d’Astorg

Un socio de la Société des Amis de Marcel Proust acaba de hacernos llegar extractos de las memorias inéditas de su tatarabuelo, Jean de Chimay (1890-1968), sobrino de la condesa Greffulhe, de soltera Chimay, y de la princesa Alexandre de Caraman Chimay.

Las publicamos con su autorización (mil gracias a él), por el testimonio que este texto aporta sobre Marcel Proust y sobre una de las familias aristocráticas que lo fascinaron.

Para leerlas en formato pdf, haga clic aquí.

Extractos de las Memorias de Jean de Chimay

Estas Memorias fueron dictadas en 1964 por el príncipe Jean de Caraman Chimay (1890-1968), sobrino de la condesa Greffulhe, de soltera Chimay, y de la princesa Alexandre de Caraman Chimay.

___________________

Mi primera infancia transcurrió en el número 41 del Quai d'Orsay, casa que mis padres habían adquirido al tío Thierry de Montesquiou[1] y que había hecho construir para su hijo el general Anatole de Montesquiou, quien fue ayudante de campo del emperador, había presenciado la retirada de Moscú y era hijo de «Mamá Quiou[2]», a la que había acompañado a Viena en 1814.

Mi padre había conservado un recuerdo lleno de prestigio de aquel guerrero, que fue amable, a juzgar por la correspondencia que mantuvo con Mme de Genlis, y que le decía: «He oído muchas veces el estruendo del cañón, pero el que hacen mis nietos es insoportable».

Aquella casa estaba agradablemente situada, con vistas al norte sobre el Sena y el Quai d'Orsay, y sobre un gran patio soleado al que daban los salones, el comedor y el dormitorio de mi madre; pero en aquella época se huía del sol, y mis padres solo vivían en el despacho de mi padre, orientado sin piedad hacia el polo norte, pero también hacia el Sena, el puente de los Inválidos, el movimiento de las barcazas y de los coches.

*

Por parte de mi padre andábamos bastante escasos de dinero; las tierras de Chimay, llegadas en herencia a un sobrino Caraman, hijo de la hermana del último príncipe de Chimay de la rama de Alsacia-Henin —que a su vez habían sucedido a los Croy, para quienes ella había sido erigida en principado por el emperador Maximiliano—, tenían ciertamente hermosos bosques, pero poco a poco, entre las particiones y los malos negocios de mi bisabuelo, hijo de aquel Caraman y de la ilustre Thérésa, exciudadana Tallien, se habían reducido al parque y a algunas dependencias.

Ese bisabuelo[3], tan alto que no pasaba bajo los dinteles de las puertas, había tenido sin embargo una carrera brillante y se había casado con una heredera, viuda de un tal M. de Brigode e hija de un tal M. Pellapra, gran munícipe bajo el primer Imperio, cuya esposa tuvo ciertamente debilidades por el emperador Napoleón, aunque es menos seguro que esas debilidades se materializaran en la pequeña Émilie, leyenda que ciertamente no se ponía de relieve en mi infancia, cuando, aunque se venerara mucho a Napoleón I, esa admiración no llegaba al punto de vanagloriarse de un nacimiento todavía demasiado próximo para que lo natural cediera ante lo ilustre. Esta historia solo tomó vuelo mucho más tarde, bajo la pluma, por lo demás graciosa y fantasiosa, de Marthe Bibesco, nuera de la hija de Émilie —nacida, pues, Chimay[4]—, convertida en Bibesco tras un sonado divorcio del príncipe de Bauffremont, heroico soldadote que había mandado en Sedán la carga que le valió la exclamación admirativa del rey de Prusia.

*

Élisabeth de Caraman Chimay 1860 1952 A

En verano, en mis primeros años, pasábamos algunas semanas en Dieppe, en casa de mi tía Greffulhe, la tía Bebeth, otro personaje considerable cuyos actos y esplendor deslumbraron mi infancia, al igual que los axiomas y preceptos de la tía Albertine[5], llamada Titine por los sobrinos irrespetuosos.

La villa La Case, en Dieppe, dominaba el acantilado y tenía sobre el mar una vista admirable. Dieppe era entonces la playa de moda, y la villa La Case era el centro de una vida mundana y elegante en la que evidentemente yo participaba poco a mi edad. Sin embargo, recuerdo que mi prima Élaine Greffulhe, futura duquesa de Gramont, me iniciaba en el arte del tenis, entonces en sus inicios, lanzándome pelotas por encima de la red; y el niño pequeño, de tres o cuatro años, que recogía nuestras pelotas era Louis de Broglie, futuro premio Nobel, que en aquel tiempo pensaba poco en la teoría ondulatoria.

Nos bañábamos poco, me parece, pero se charlaba mucho y se comía todavía más: las comidas eran largas y fastuosas. La tía Greffulhe, que a veces bajaba a la ciudad en una especie de cochecito tirado por rápidos poneys, estaba siempre rodeada de una corte heterogénea en la que se codeaban viejos galanes, sabios decrépitos, extranjeros de renombre o pintores desconocidos. Tenía, pasara lo que pasara, un porte de reina, pero conviene señalar que no se aventuraba ni a pescar camarones ni a salir de una caseta de baño con ruedas, pues en aquel tiempo unos caballos las arrastraban hasta el límite de las olas para evitar que el pudor de las damas mostrara, ante espectadores curiosos, lo poco que mostraban, todo enjaezado y acolchado.

El conde Greffulhe, su esposo, aparecía poco y sembraba el terror, lo cual, creo, era para él la ocasión de eludir escenas de celos que bien merecía, pues aquel personaje que se jactaba, y al que su entorno hacía fabuloso, tenía por las damas debilidades notorias que desesperaban a la tía, aunque creo que a ella le habría apenado mucho ser la única destinataria de sus repetidos favores.

Era un hombre apuesto, a la moda del día, con una barba cuadrada de Júpiter olímpico, y era en el fondo un hombre excelente, aunque dotado de un egoísmo feroz, adorador de las mujeres, de la caza y de los objetos de arte, y llevaba una existencia regia de niño mimado, tal como apenas puede imaginarse hoy en día. Había nacido hacia 1850, había conocido ya de joven los últimos años del Segundo Imperio, hijo único y adorado de la rica familia Greffulhe, banqueros holandeses venidos a instalarse en Francia a principios del siglo pasado y que enseguida, no sé muy bien por qué, salvo quizá por un fasto y una elegancia naturales, se habían labrado un lugar de primer plano en la sociedad francesa.

Un hijo del mariscal de Castellane (a menos que fuera él mismo[6]) se había casado con la bella Cordelia Greffulhe; fue al salir de un baile en casa de M. Greffulhe cuando el duque de Berry fue apuñalado. Él mismo, de joven, estuvo íntimamente ligado con el príncipe de Gales, y me contó que fue él quien le informó de la inminencia de la guerra de 1870, aconsejándole, durante una visita que le hizo en Sandringham, que regresara a Francia. No creo, por lo demás, que fuera para combatir, pues en aquella época de ejército profesional la derrota francesa quedó sellada antes de que hubiera tiempo de movilizar todas las buenas voluntades. En cambio, me dijo con cierta soberbia, mostrándome el hotel de la rue d'Astorg, que contemplaba desde su despacho situado en la casa del portero, al otro lado del patio: «¿Ves esa casa? Pues bien, allí se comió pollo durante todo el asedio de París». Lo que hoy podría parecer, cuando se han conocido las cartillas de racionamiento y también las alegrías del mercado negro, una broma de mal gusto, no era en el fondo para el querido tío sino la nostalgia de un tiempo en que los ejércitos estaban mandados por gente bien educada que sabía lo que se debe hacer, y entre otras cosas dejar pasar sin duda por las mallas de la red que cercaba París el ómnibus semanal que, desde Bois-Boudran, debía llevar a M. Greffulhe con qué asegurar su subsistencia.

Tras la guerra, había vivido la existencia fastuosa de un joven muy rico y muy elegante, bastante apuesto para la época; había tenido relaciones sonadas, éxitos halagüeños, ayudados, hay que decirlo, por medios considerables, lo que no estorba en nada y sobre todo, como fue varias veces su caso, cuando uno se acerca a las mujeres de mundo. Pero esto vino más tarde.

En su juventud se dejó ver, entre otras, con una encantadora bailarina, Mlle Fiocre, de la que queda el busto más bello que existe, firmado por Carpeaux, y un hijo, y a quien un matrimonio tardío con un hidalgo de provincia, algo escaso de dinero y bastante entrado en años, dio un estatus que hizo olvidar el mundo de la danza. Otro hijo, por desgracia, no le fue dado por su esposa, la encantadora Élisabeth, tía Bebeth, por quien se enamoró tras haberla conocido por casualidad en no sé qué fiesta.

Un día la tía Ghislaine, hermana menor, volvió a comer y anunció que se contaba por París que Élisabeth iba a casarse con un apuesto joven al que llamaban el Becerro de oro y que era inválido. Ese era en efecto el apodo del apuesto Henri, y era cierto que un esguince mal curado, que unos masajes al principio habrían sanado, se había agravado y había creado, por pereza de su parte, una incapacidad notoria para usar uno de sus brazos, lo que le molestó toda su vida. Desde entonces el compromiso fue oficial, y él iba a cortejarla cada tarde al quai Malaquais, en un cupé que dos trotones llamados Brin d'amour y Porte-monnaie hacían circular por París a una velocidad que ya no conocemos. Aquel joven matrimonio, lanzado hacia la gloria con un esplendor casi real —ella célebre por su belleza y su encanto, él por su fasto, sus éxitos, el esplendor de sus cacerías, la opulencia de su existencia—, iba a conocer un destino cambiante, pero el tiempo pasó y supieron acomodarse a los defectos del uno y del otro, que eran sobre todo defectos de niños mimados, y que llenaron el mundo de historias sobre sus diferencias; no por ello dejaron de conservar una fachada espléndida.

La tía Élisabeth Greffulhe era célebre en toda Europa por su belleza; tenía un perfil magnífico iluminado por unos ojos de un negro azabache centelleante y risueño, una cabecita ideal sobre el cuello más bonito del mundo, una manera de mantenerse y de andar que era verdaderamente un aire de reina a la vez que era graciosa, una conversación brillante y amable sin ser pedante, y una risa de cristal que ha seguido siendo un encanto en el recuerdo de quienes la conocieron.

Marcel Proust nos ha dejado de ella un retrato ilustre bajo los rasgos de la duquesa de Guermantes en su palco en la Ópera.

Porque se tenía un palco en la Ópera, y no un simple palco corriente, que resultaba un poco vulgar, y cuando no apetecía volver a ver Fausto o Rigoletto, se hacía regalo de él a amigos o parientes algo escasos de dinero, que a su vez lo usaban para hacer sus propias cortesías. Mis padres heredaban así dos o tres veces cada invierno el abono de la rica hermana, pero una vez pagaron su asiento y el mío para que pudiera recordar, según decían, haber visto bajar a la tía Greffulhe por la escalera de la Ópera, y de hecho era hermoso de ver.

Qué no habría escrito Proust sobre este episodio, y cuántas anécdotas habría podido yo susurrarle sobre la vida y los actos de tantos de esos personajes que poblaron a la vez el lado de Guermantes y mi infancia, pues mucho más tarde me di cuenta de que los Guermantes, Charlus, M. de Norpois, Mme Verdurin, etc., eran el círculo de la familia cuyos actos me contaban Céleste, las institutrices y las doncellas.

Así fue como yo habité los apartamentos del célebre Palamède de Charlus, alias Robert de Montesquiou, y tomé mi primer baño en un cuarto de baño que él había hecho instalar en cerámica con motivos de hortensias azules, lujo raro en aquella época y que por lo demás funcionaba solo raramente. La tía Élisabeth prestaba poco interés al joven Proust, del que más tarde, mucho más tarde, me decía que lo había conocido bien, que le escribía con frecuencia, pero que no se atrevía a invitarlo más que a las grandes hornadas que llamaban «coladas», pues, me decía, tu tío se habría quedado muy sorprendido de verlo en su casa.

*

El hermano menor de mi padre, Alexandre, era entonces muy joven y bastante encantador, la figura más bonita del mundo, las maneras más agradables, a la vez que unas inclinaciones deportivas para la época lo convertían en el más amable de los compañeros; el benjamín de aquella familia tan maravillosamente unida y embriagadora, había sido muy mimado por sus hermanos y hermanas mayores.

Después de haberme deslumbrado con un encantador cochecito muy bien enganchado y con proezas en triciclo de petróleo, un día esperamos toda la tarde y nos dieron permiso para prolongar la vigilia hasta las nueve de la noche, para ver aparecer finalmente al fondo de la calle del castillo los faroles rojos y verdes del primer automóvil con el que el tío Alexandre llegaba de París. Era necesario que la mezcla de aire y gasolina la produjera el acompañante del conductor, insuflando aire en el carburador con ayuda de una pera de goma, lo que en un trayecto largo debía de ser agotador.

Más tarde el encantador Alexandre se casó con Hélène de Brancovan, descendiente de los hospodares y de los emperadores de Bizancio, y hermana de la famosa Anne, condesa de Noailles, cuyo talento, ingenio y conversación, por no hablar de la belleza para quienes apreciaban ese tipo un tanto oriental, hacían parecer en media tinta el encanto de su hermana; aunque creo que en el fondo ella era más apreciada por los aficionados verdaderamente finos, pues Anne, con sus pasiones, sus furores, sus ocurrencias y el estruendo de su conversación, era una estrella un poco ruidosa y celosa. Pero escribía cosas encantadoras, sin duda pasadas de moda hoy, y tenía mucho talento.

*

Mi primera comunión en Sainte Clotilde, en 1902, no me causó una impresión muy grande, salvo el asombro que me produjo mi tía Greffulhe, aquel personaje fabuloso, al querer besarme la primera a la salida de la iglesia.

*

Con la ingenuidad de los niños, yo no sospechaba en absoluto la gravedad del estado de mi madre; siempre la había conocido doliente, y por lo demás toda la familia parecía gozar de una salud deplorable, las enfermedades se sucedían, fiebres tifoideas, apendicitis, entonces muy de moda, y yo no me inquietaba por el estado de salud de mi madre.

Fue un golpe cuando, a finales de junio (1906), me llamaron de repente a París. Calmadas momentáneamente las inquietudes, me enviaron de vuelta a Bruselas, luego me llamaron de nuevo hacia el 15 de julio y, el 20 de julio, mi pobre madre se apagaba.

Fue llorada por todos, y su encanto, su finura, su inteligencia permanecieron mucho tiempo en el recuerdo de quienes la habían conocido y amado. Es triste dejar de ser el hijo de alguien. Apenas terminadas aquellas tristes ceremonias en París y en Pargny, donde ella no había deseado ser enterrada, pero prevaleció el parecer de la terrible tía Albertine, que había decidido otra cosa —más tarde, como era el deseo recíproco de ambos, procuré reunir en la sepultura familiar de Chimay a aquellos dos seres que se habían amado—, se juzgó enseguida necesario cambiarnos las ideas, y mis tías Élisabeth Greffulhe, Ghislaine y Geneviève, y el tío de Tinan, nos llevaron primero a Carlsbad, adonde todo aquel mundo que comía en exceso creía deber ir a tomar las aguas; era entonces la moda.

Partimos, pues, hacia Carlsbad el 1 de agosto; la tía Greffulhe, que nunca podía hacer nada como todo el mundo y le encantaba viajar de forma regia, había hecho organizar nuestro viaje por M. Nagelmakers, director de la Compagnie des Wagons-Lits, lo que tuvo como efecto que, en lugar de tomar el Carlsbad-Express que le llevaba a uno directamente a aquella ciudad balneario, tuvimos que hacer transbordo en Múnich, en Núremberg y no sé dónde más, para procurar suficientes recepciones soberanas por parte de jefes de estación con chistera a la encantada tía.

Cuando por fin, con un calor tropical, llegamos a Carlsbad, ella encontró de lo más natural observar en el apartamento que le habían reservado, mientras que sus hermanas tenían habitaciones más modestas al fondo del pasillo, dos magníficas cestas de rosas que unos chambelanes habían venido a depositar de parte del emperador de Alemania y del emperador de Austria.

*

Fueron los años en que estalló de pronto el espejismo de los ballets rusos. Mi tía Greffulhe había sido el hada que, con un toque de varita, hizo a París el regalo de aquel esplendor hasta entonces desconocido. Una cartita al zar, decía ella un día de 1952 a unos jóvenes amigos nuestros que habían deseado conocer a aquella antigua pero todavía célebre gran dama, y aquella evocación en el París de cuarenta años después, cuando incluso la palabra zar ya no evocaba más que recuerdos lejanos, tenía algo de irreal y de fabuloso.

*

Mi hermana Anne estaba todavía en su edad más tierna, y a lo sumo podía yo llevarla a dar algunos paseos por el bosque. Las tías eran encantadoras pero lejanas: Ghislaine en Bruselas, dama de honor de la joven reina Élisabeth, con quien la unía una tierna amistad; Geneviève en Marruecos, donde su marido[7] intentaba hacer olvidar su paso por el ministerio de la guerra, que había acabado de hacerle odiar por la gente de bien, cubriéndose de gloria en la toma de Taza, donde había sido gravemente herido; la famosa tía Greffulhe maduraba lentamente en su esplendor. Por fin, su suegra había decidido morir, cosa que se esperaba desde hacía tiempo, y aquel retraso le había hecho decir a su hijo, un día de impaciencia: «Vaya, ya no se muere nadie en la familia». Y como la anciana señora comprendió lo que aquello quería decir, la tía Élisabeth se había instalado por fin en el magnífico hotel del número 10 de la rue d'Astorg, mientras que hasta entonces yo solo la había conocido en el número 8, contiguo a aquel, y que había sido construido para el joven matrimonio.

Había espacio de sobra en aquel inmenso terreno que los Greffulhe habían adquirido a principios de siglo, que antaño había formado parte del parque del príncipe de Beauvau, y que albergaba con holgura todos los hoteles de la familia, unidos entre sí por patios y jardines, formando un conjunto que se llamaba el Vaticano. Era una especie de islote en el París de la Madeleine, considerado entonces poco elegante.

La casa del número 10, donde acababa de instalarse mi tía, era por fin la casa madre de aquel conjunto, construida en 1784 por el mariscal de Beauvau para su yerno el príncipe de Poix, junto a la puerta de su parque, llamada puerta de la Ville l'Évêque, nombre del pueblo que se alzaba entonces en el lugar de la iglesia de la Madeleine. Más tarde se habían levantado en aquel terreno, adquirido a principios de siglo por la rica familia Greffulhe, hoteles para la marquesa de L'Aigle y la princesa de Arenberg, hijas Greffulhe, y por fin casas de renta que bordean el bulevar Malesherbes y el edificio de la compañía de Suez. La tía Greffulhe recibía allí soberbiamente a un mundo heterogéneo que iba de las altezas más imperiales a los sabios más célebres, pasando de vez en cuando por relaciones dudosas e incluso vividores notorios.

Otro miembro de mi parentela que era bastante encantador era mi tío Alexandre, hermano menor de mi padre. Rondaba entonces a lo sumo los cuarenta años y tenía la figura más bonita del mundo a la vez que el rostro más bonito. Detrás de aquella fachada seductora no se escondía gran cosa, y el buen hombre llevaba una vida perezosa que consistía en hacer excelentes comidas, pues tenía una cocina memorable de la que se ocupaba con el mayor esmero; hacia las cuatro de la tarde, salvo los jueves, en que iba al cine, se dirigía al Club, donde subía directamente al billar.

Como el mariscal de Tallard, de quien Saint-Simon decía —en una frase lapidaria, citada por los gramáticos porque retrata a todo el personaje, su gloria y su hazaña, sin un solo adjetivo—: «todo su arte fue destacar en el billar», el tío Alexandre era en ello un maestro, y es todo lo que hacía, pero lo hacía bien.

En el mes de julio se retiraba a Chimay, donde pasaba felizmente el verano y el otoño, cazando algunos conejos en el parque y algunas aves acuáticas dando cada día la vuelta al lago de Virelles. Su esposa, mi tía Hélène, era una persona deliciosa, vivaz, ingeniosa e inteligente, incluso bonita para quienes apreciaban una apariencia algo exótica; el lado greco-levantino de las antiguas alianzas de Brancovan se dejaba entrever un poco en unos hermosos ojos y un cabello muy moreno; a mis ojos tenía mucho más encanto que su hermana, la célebre Anna de Noailles.

Era bastante ecléctica en sus gustos y se movía más bien en un mundo bastante especial, sin duda muy elegante, cuya cabeza de fila era la princesa Edmond de Polignac, música como la música, pero lesbiana como la diosa Safo, y que comprendía cierta cantidad de damas etéreas y de artistas y escritores un tanto decadentes.

De todas las damas que frecuentó Proust —y no conoció tantas como eso, pues en el fondo sus modelos eran por lo que le contaban—, mi tía Hélène era su favorita, aunque nunca la haya descrito. Iba a menudo a verla por las tardes, cuando mi tío estaba en el club, y él mismo me contó, mucho más tarde, que al bajar para salir[8] había encontrado a menudo a Marcel Proust en la antesala, sentado sobre el arcón de la leña, interrogando al mayordomo sobre detalles del servicio o de la vajilla de plata, que su espíritu meticuloso anotaba para hacerlos servir de nuevo en el tiempo perdido, o bien en casa de Swann; y como mi tío no lo conocía, le quitaba el sombrero, de copa se entiende, al pasar. Pues el sombrero de copa todavía se estilaba por las tardes y para ir al club.

Mi tío Alexandre era tan goloso que, cuando había comido en un restaurante un plato que le había gustado —y aun así hacía falta que algún amigo se lo hubiera señalado, pues salía poco y apenas se aventuraba en las tabernas—, enviaba allí a su cocinero, y luego discutía interminablemente con él las peripecias de la comida y los secretos del célebre plato. Le importaban poco las cabezas de otras cocinas, y no recuerdo haber oído decir jamás que hubiera comido fuera de su casa, donde sufría cruelmente los retrasos de su esposa, a quien a veces esperaba unos minutos, sentado a la mesa, a la hora convenida, haciendo sonar con reproche un reloj de repetición depositado delante de su plato. Proust habría podido retratar con esmero a un personaje semejante, pero nunca he encontrado rastro de aquel matrimonio, encantador pero tan notable, en su obra, de la misma manera que nunca he encontrado parecido de mi tía Greffulhe ni de su marido en el duque o la duquesa de Guermantes, ni tampoco mucho parentesco, ni siquiera con Robert de Montesquiou, en ese Charlus que tenía costumbres horribles, mientras que Montesquiou no las tenía en absoluto.

Fue por esa época cuando a veces me encontraba con Proust por la mañana, en el sendero de la Vertu, paseo elegante de la época, que él recorría por puro esnobismo, pues detestaba salir de día y sobre todo al Bois, a causa de su asma, y yo observaba no sin ironía a aquel extraño individuo que en pleno mes de junio deambulaba solo, con hongo, pelliza negra con cuello de astracán y bufanda blanca sobre la nariz. Pregunté un día quién era a Jacques de Ganay, que me dijo: «Pero si ya lo sabes, es el pequeño Proust, que siempre espera cenar en casa de alguien con viejas damas a las que, según dice mamá, asesina con cartas interminables».

*

Por fin, la coronación suprema de mi carrera cinegética en aquella época (1922) fue mi entronización en Bois-Boudran. No es una expresión vacía, pues era entonces uno de los clubes más cerrados del mundo. El viejo tío Greffulhe, así me lo parecía aunque más joven de lo que soy ahora al escribir estas líneas, era un egoísta redomado, pero encantador con sus amigos —había gastado tres generaciones de ellos—, y no invitaba más que a unos pocos elegidos, a los que llamaban los fundadores, y a los que le gustaba tener a su alrededor todas las semanas desde el primero de octubre hasta el cierre. Antaño, cada viernes y cada sábado estaban escrupulosamente reservados a suntuosas cacerías en un dominio inmenso: once mil hectáreas en su máximo, con un lujo inverosímil de cocina, de guardas y de ojeadores. Criaba miles y miles de faisanes —¿no se decía que cada día necesitaban dos carretadas de trigo?— y aquel esplendor servía para entretener a seis fundadores, siempre los mismos, que habían sido antaño amigos del padre Greffulhe, luego de la generación de sus hijos, y ahora era la de sus propios hijos. Así, los elegidos eran conscientes del esplendor de su privilegio y no habrían aceptado cazar en otro lugar en aquellos días fatídicos.

Cuando entré, por una pequeña puerta, en aquel círculo mágico, la magnificencia había cedido un poco ante la dureza de los tiempos. El marco había permanecido, como el ambiente, sin igual, pero las cacerías habían perdido brillo y se limitaban a veces a mediocres tiradas de conejos; pero tan grande era todavía el prestigio que, muy a su pesar, los profesionales del tiro como d'Ayen preferían sacrificar, por jornadas tan mediocres como aquellas, invitaciones más suntuosas.

Había menos caza, quizá menos guardas; solo el sábado estaba consagrado a aquel sacerdocio, pero los ritos seguían observándose: almuerzo exquisito cuyo menú parecería hoy fabuloso, salida en coches de caballos conducidos por cocheros y lacayos con levita gris perla y sombrero de copa, un pequeño dog cart, o faetón, conducido por el dueño de la casa y acompañado de su más antiguo amigo, el resto en un break. En el punto de reunión se encontraba a los cargadores con uniformes azul oscuro, que eran los guardas del dominio, a menudo viejos y poco veloces, lo que hacía rabiar a los especialistas, a quienes no se permitía traer a sus propios cargadores, convertidos en una especie de malabaristas. Esta medida la imponía el viejo tío, que había recibido antaño un perdigonazo y era muy receloso al respecto.

Así fue como, cuando debuté en aquel cenáculo, recibí como cargador a un excelente hombre de confianza cuya misión era informar al tío de mi prudencia, de mi manera de disparar, etc. Sin duda el informe fue favorable, puesto que me volvieron a invitar. Se contaba también que la primera vez que aparecía algún principiante, lo colocaban al extremo de la fila, donde no corría el riesgo de acribillar al patrón, y a medida que los informes eran buenos, lo acercaban al centro, y un día, consagración suprema, se encontraba cerca del dueño de la casa.

Estas precauciones daban grandes posibilidades a los fundadores bien instalados en aquel queso para eliminar a los recién llegados que no aprobaban. Fue el caso, según parece, un día en que tuvieron la perfidia de aconsejar a alguien que estaba en ese caso que dejara en el sitio sus escopetas y una cantidad bastante considerable de cartuchos, para marcar bien, inventaba su duplicidad, el gusto que el fulano encontraría en ser invitado de nuevo. Luego denunciaron a Greffulhe la vanidad y la falta de educación del personaje, a quien la pronta devolución de sus escopetas y municiones le sirvió de lasciate ogni speranza.

Antes de la guerra, la propia regla de la fidelidad no se violaba más que por cabezas coronadas: el rey de Portugal, el príncipe de Gales, el rey de España habían conocido ese honor. Entonces los platillos pequeños se servían en los grandes, las alacenas de faisanes se abrían de par en par, para alcanzar la prodigiosa cantidad de aves necesarias para aquellas hecatombes de tres mil faisanes. Se hacía redoblar el llamamiento, la generala, por los tambores públicos para atraer a los ojeadores de todas las localidades vecinas, y se contaba que bajo la blusa blanca de aquellos modestos colaboradores de los placeres de los grandes se escondían a veces notarios, médicos e incluso un cura, fascinados por el esplendor de la ocasión y el espectáculo de aquella matanza de aves ofrecidas a los reyes.

Aquel tío Greffulhe era por sí solo un espectáculo. Toda mi vida apenas lo había entrevisto; su esposa y sus cuñadas habían hecho de él una especie de ogro; cuando íbamos a verlas nos hacían entrar por puertas disimuladas, pasar por corredores secretos, por miedo a molestar o a encontrarnos con aquel monstruo fabuloso. En 1922, un día de otoño, sintió de pronto deseos de verme; la tía me envió un ucase ordenándome pasar por Bois-Boudran. Me quedé el tiempo de una visita, viniendo de Courances y volviendo a Reims. Al regresar, me crucé con un cochecito, llamado tonneau, en el que iba aquel terrible pariente. Me dejó clavado en el sitio con una voz atronadora que pronunciaba mi nombre de pila, que yo ni siquiera suponía que conociera; se me heló la sangre, lo cual se explica tras treinta años de puertas disimuladas. Fue encantador, me invitó a cazar, y desde entonces fui un cliente relativamente asiduo de aquellas ilustres cacerías de Bois-Boudran, cuyo esplendor había bajado bastante de tono desde la guerra, pero que seguían siendo una especie de club extraordinariamente cerrado. Tan cerrado que, cuando alguna desgracia dejaba libre un puesto, los miembros del club se las arreglaban para que ese puesto no se le diera a alguien que les disgustara.

Aunque engañaba furiosamente y sin ningún tacto a su graciosa esposa, aunque la trataba de la peor manera del mundo e incluso con grosería, haciéndole sufrir humillaciones públicas y susceptibles, nunca dejó de mostrarle una admiración cierta que perseveró a lo largo de los años y que se traducía en odas encendidas que debían, creo, hacer olvidar las escenas más brutales y más penosas para los invitados extraños. Pero debía de haber compensaciones, pues creo que la tía Élisabeth siguió siendo, por lo demás sin gran mérito, un modelo de fidelidad conyugal, y soportó a lo largo de su larga existencia unos modos aparentemente odiosos y la exhibición escandalosa de las innumerables y costosas relaciones de aquel esposo imposible pero soberbio. Y ella misma tenía sin duda algunos defectos que su primo Robert de Montesquiou había llamado «las abominaciones de la deliciosa».

Todo París, e incluso el mundo entero, resonaba con los estruendos de aquel matrimonio; nunca dejé de oír rumores sobre su probable divorcio, en el que se empleaban con dedicación y celo las diversas damas que se sucedían en el favor de aquel Júpiter, pero finalmente la admiración oculta que él sentía por ella, y el apego que ella sentía por él, triunfaron sobre las veleidades. Vivieron su larga vida en una unión tempestuosa y sembrada de tormentas, realzada, hay que decirlo, por un público interesado y locuaz, y por lo demás sin gran malevolencia, y en el fondo se amaron, creo, más de lo que se ha sabido, y me pregunto si durante los veinte años en que ella le sobrevivió, y en que conoció menos fasto pero más libertad, no lloraba un poco una manera de ser que no disgustaba a su masoquismo.

Cuando fui admitido en el círculo muy cerrado de los fundadores, era ya un anciano septuagenario, pero que todavía lucía bien, y sus aventuras amorosas se reducían a una larga relación con Mme de la B., a quien su sistema piloso algo abundante había valido el apodo de la Barbuda; lo cual complicaba mis asuntos, porque a pesar de todo y a pesar de los rayos tan temidos, la tía Élisabeth había puesto como condición para mi aparición en el círculo tan famoso que yo no formara parte de las cacerías donde aparecía la favorita, y que se celebraban en el terreno llamado de la Grande Commune, que era un apartado de la propiedad, a pocos minutos de Bois-Boudran. Ahora bien, ocurría que de vez en cuando la cacería se celebraba en ese territorio, lo que provocaba intermitencias en mis invitaciones del sábado.

Un día, sin embargo, el último de los potentados pasó por alto su promesa, y fui invitado a la Grande Commune, en casa de la favorita. Por la mañana, toda la casa civil y militar, mayordomos, lacayos, cocineros, pinches, montaban en furgonetas y se trasladaban a casa de la dama de enfrente, que sin duda había exigido mi presencia para humillar a la tía, cuyo veto en lo que a mí respecta la había ofendido. ¿Cómo aceptaba Mme de la B., mujer de mundo muy conocida y aceptada en los mejores círculos, aquel estatus de amante legitimada? ¿Por qué milagro el resto de la sociedad, a veces tan cruel, cerraba los ojos ante aquel proceder chocante?

A veces también, por un acuerdo tácito, la tía Élisabeth disponía de Bois-Boudran el domingo, mientras el esposo y los cazadores volaban hacia París. Ella lo aprovechaba para invitar a una mezcla dispar de sabios con perilla y cuellos de celuloide, de literatos en potencia, de inventores cuyo futuro a veces era genial, de estafadores de los que podía decirse otro tanto, salpimentada de gente de moda pero poco deportista, de conversadores célebres, de vecinos asombrados.

[1] Thierry de Montesquiou, padre de Robert de Montesquiou, era el hermano menor de Napoléon de Montesquiou, a su vez padre de Marie de Montesquiou, princesa Joseph de Caraman Chimay (los padres de la condesa Greffulhe y los abuelos de Jean de Chimay). Robert de Montesquiou era, pues, como se sabe, primo hermano de la madre de la condesa Greffulhe.

[2] Institutriz del rey de Roma.

[3] El príncipe Joseph de Caraman Chimay (1808-1886), abuelo de la condesa Greffulhe. Fue él quien adquirió el hotel del quai Malaquais.

[4] Valentine de Caraman Chimay (1839-1914) se casó con el príncipe Paul de Bauffremont y luego con el príncipe Georges Bibesco, con quien tuvo a Georges-Valentin Bibesco, marido de Marthe Bibesco.

[5] Condesa Jean de Montebello, de soltera Albertine de Briey (1855-1930). Era prima hermana política de la condesa Werlé, de soltera Montebello, abuela materna de Jean de Chimay.

[6] En efecto.

[7] Charles de Tinan

[8] El príncipe y la princesa Alexandre de Caraman Chimay vivían en esa época en el número 31 de la avenue Henri Martin.